terror para pasar un rato de miedo
Recuerdo, cuando era pequeña, que cada vez que alguien me contaba un relato de terror, o cuando infringía las normas paternas y me colaba en el salón a ver una de Drácula, el único refugio posible a prueba de espíritus malignos y de chupasangres era mi cama. Allí, envuelta cual oruga en mi manita por aquellos entonces los edredones no se estilaban, me sabía a salvo de cualquier mal. Han pasado los años y parte de aquellos relatos ahora me provocan risa o ternura, pero los buenos siguen helándome la sangre. Y sigo prefiriendo la cama o, al menos, algún espacio confortable de mi hogar. Porque, como todos sabemos, allí nada malo puede pasar…
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